Un gato

 

Este era un gato con los pies de trapo y los ojos al revés...
este era un gato con sonrisa desprendible, que me hacía sentir Alicia...
éste era un gato con los pies de trapo y los ojos de nubes
era un gato sin pies de trapo, sin temblores en la pluma...  

Éste era un gato con el corazón de trapo y la sonrisa al revés
era un gato saltando tejados, que no se alejaba demasiado
éste era un gato comodino que se dejaba querer
era un gato ronroneando bajo, riéndose después  

Éste era un gato especial, un gato escribiente
un gato pilli, un gato xolotl
era un gato universal, de Aztlán y de Cheschire
con redoble de teponaxtli y sombrero de copa

Éste era un gato de ojos de jade y corazón de trapo
con palabras en amate y el juicio al revés
éste era un gato que pasaba sobre puntas de obsidiana
y cubría de plumas rojas sus pisadas en la selva ...  

Éste era un gato. Hoy no sé qué es...
si risón o ruiseñor, si cinturón de caracoles
era un gato esmirriado, escurridizo
con  la piel de trapo suave y resonancias de tambor  

Éste era un gato cínico, descarado
un gato amable, era un gato jazz
con acordes de jaguar y compases de selva
Era un gato en fa, escrito en corcheas
¡que en las noches me venía sus melodías a cantar!

 

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No hay cucú

En mi casa no hay cucú
y fallan todos los relojes.
Unos llevan años sin haber servido nunca
y siguen aquí porque marcan años,
aunque no marquen las horas. 
Otros sirvieron alguna vez
y hasta vitales se sentían,
eran cuidados, atendidos, conservados
para marcar nuestras horas y nuestras vidas
para dictarnos el momento de saltar de la cama
y el momento de comer, y el de la siesta
y algunos osados marcaban
hasta momentos para hablar y para amar,
para reír y para callar... 
Hoy en casa no hay reloj que sirva
para matar los impulsos espontáneos.
Los relojes aquí marcan un tiempo de limbo
detenido a las cuatro o a las siete y media
desde hace cuatro o siete años y medio...
Pero hay muchas señales que me indican la hora:
la luna brillando en mi ventanita, cerca de las vigas
mi atención involuntaria en los contenidos de la cocina,
mis párpados pesando más con cada bostezo,
las ganas de volar a medio día...
Y aquí no hay cucú
ni bailarines que dancen cada hora,
sólo hay una canción que viene siempre
a mi mente, cuando en la ventanita asoma la luna,
es una canción que me habla del mar en unos ojos
y del abrigo de unos brazos tibios como la luz de sol.

Aquí no hay cucú. No hay relojes que sirvan.
Hay horarios locos y hambre, y sed y sueño.
Y hay un tic-tac vital
que nada divide en sesenta segmentos.

 

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Agua pasada


Me llamó una vieja amiga, a la que hace años que no veo. La última vez fue en la ceremonia de graduación de la escuela. Tú fuiste conmigo, ¿recuerdas?  Una idea me llevó a otra y después estaba tratando de traer a la memoria a mis compañeros y amigos... De pronto se me ocurrió que tenía por allí, en la parte alta del armario, una caja con fotos de ese tiempo. Me subí a una silla y parada de puntitas di con ella y la bajé con cuidado. 

La llevé a mi cama y me senté junto. Empecé a revolver los papeles que contenía. En eso,  que me topo con un sobre que dice “Sorpresita”, ¿lo recuerdas? Sí, fotos tuyas. Peinado para atrás, como tú no acostumbrabas.

Mientras abría el sobre y mis dedos buscaban en su interior, cerré los ojos y te imaginé, para ver qué tanto te retenía en mi memoria y qué detalles me sorprendería ver de nuevo. Luego los abrí y lo que vi concordaba exacto con las imágenes de mi mente. Tú, sonriendo desde la parte delantera de mi coche… Tú, agitándome una mano y haciendo una cara chistosa… Tú, serio y emocionado el día de la graduación… Esa foto me gusta mucho porque parece que me estás viendo, sólo te falta parpadear.

Guardé las fotos, cerré el sobre y me recosté en mi cama, viendo las siluetas familiares que forma el tirol del techo. Y allí estuve, acostada, tratando de no pensar, pero me volvía a la mente tu rostro y esa mirada vívida que siempre me regresas cuando te veo.

Subí los brazos hacia arriba de la cabeza, pues en esa posición las mujeres estamos muy cómodas, ¿sabías? Se nos ensanchan los pulmones y podemos relajarnos mejor. En eso, me dormí y no supe ni cuándo…

Empecé a soñar que llegaba a mi cuarto y que me recostaba en mi cama, que volteaba a admirar el marco desde donde nuestras caras sonreían, aquel que por tanto tiempo tuve en la mesita de dormir… soñé que pensaba en ti y en nuestra cita del día siguiente, y que luego me quedaba dormida. ¿Alguna vez has soñado que duermes? 

Era raro verme dormida en mi sueño, primero desde afuera y luego desde detrás de mis párpados cerrados. Soñaba que no sabía si soñaba o no. Soñaba que dormida quería despertar para ponerme a leer el informe que presentaría en la oficina en unas horas, pero que no me decidía. Y en ese duermevela de mis sueños, me sentí muy relajada, tranquila, contenta... soñaba que quería despertar al tiempo que disfrutaba un rato de la modorra y la placidez, que me anclaban a la comodidad de la cama. Luego soñé que lograba abrir un ojo, y que nuestros ojos desde un pedazo de papel me devolvían la mirada. El papel estaba arrugado y no se veía muy claramente. Y en eso pensé: esa foto ya no existe…

Soñé que volvía a cerrar el ojo y que antes de dormirme del todo otra vez, empezaba a sentir que una boca me besaba el cuello y que era la manera más deliciosa de despertar. Pero no quería moverme. Y la boca me besaba la mejilla, la oreja, y el cuello de nuevo, pasando hacia el otro lado… qué sensaciones…

Yo me dejaba hacer, fingiendo que dormía. Y el cosquilleo de unos cabellos lustrosos y obscuros, con hilitos brillantes entretejidos, me hizo al fin tener que mirar. Y la penumbra me devolvió una vista de lo más hermosa: los cabellos se movían acompasadamente junto con la boca que me besaba, y un confortante calorcito se acrecentaba en mi interior. Luego, los cabellos se alzaban dejándome ver un rostro, de ojos profundos y vivos, que me devolvían la mirada. Una boca, la que antes me besaba, sonrió. Sus labios eran carnosos y sensuales… Eras  tú… 

¡Y en eso sonó el reloj! ¡Y desperté! ¡Y no soñé más que despertaba, sino que abruptamente volví a la realidad! Pero algo, algo dentro de mí me tranquilizó. Algo como una caricia interna. Como una reminiscencia del sueño. Como una presencia íntima que siempre guardo en el pecho. Y sonreí.

Esto quería contarte, querido, ahora que de nuevo, bien despierta, te miro en el fondo del sobre que dice “Sorpresita”.

 

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Instrucciones para Vivir en Decente Paz:

 

1.- Y lo más importante: NO CONSERVE FOTOGRAFÍAS DE SUS ANTIGUOS AMORES.
Puede que las tenga en el fondo de un cajón y las sepa ahí, de tan antiguo, sin que turbien su paz mental.
Pero un día...
En vez de sólo la orilla de la fotografía tal vez tenga que mover los libros de encima,
o las cajas de lápices o los papeles
y le brinquen sus ojos al recuerdo y se le prenda su mirada como cardo al corazón
provocándole inevitables derrumbes de estructurados pensamientos convenientemente acomodados
que usted convenientemente había acomodado en forma de dique alrededor de la tristeza.
Y le asalten de nuevo las palabras, la metralla de datos filosos y precisos,
los NO y los NUNCA, las razones
por las que la fotografía permanecía ahí, agazapada.
2.- En caso de haber leído esto demasiado tarde, con la angustia de la foto untada en la garganta
intente zafarse inmediatamente, apele al tiempo que no tiene y a la madurez, y a las nuevas pasiones
para arrancarse de lleno el recuerdo aunque sangre
y aléjese de ahí, corra si es preciso, e invítele un helado al monstuo que lleva dentro
congele en él sus berridos y distráigalo como a un niño pequeño,
llévelo al cine, paséelo en la alameda,
y vuelva solamente cuando esté seguro
de tener la fuerza para abrir el cajón y -sin mirar
mover de nuevo los papeles y los libros
y las cajas de lápices y la indiferencia
para que tapen esos ojos y los devuelvan a su archivo.

 

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Bajo el manto de las estrellas

 Citlalli dormía en su cuartito, bajo el manto de sus hermanas estrellas. Soñaba que jugaba en la orilla del río, que el lodo del sendero detenía sus huellas y chapaleaba mientras ella corría de aquí para allá, gritando jubilosa en persecución de los otros niños. Estaba en medio de una guerra de lodo, los demás se detenían lo suficiente para agarrar con sus manitas una buena cantidad que luego le aventaban entre risas, y se le escurría a ella sobre el vestido azul o le dejaba rastros untuosos que bajaban por sus piernas. Luego, al río. Se sumergía, siempre riendo, mirando hacia la turba de escuincles que como ella estaban ya pintos de lodo y pajitas y se acercaban con montones amenazadores entre las manos, esperando a que ella saliera. Fuera de nuevo, un paso en falso y su pie se hundía en la masa fresca, la rodilla caía para mancharse de nuevo y, despreocupada ahora del lodo que acababa de limpiarse, se apoyaba en sus manos para incorporarse de nuevo y reanudar la carrera con gordos proyectiles escurriéndosele entre los dedos, que aventaba al primer valiente que se le acercaba más de la cuenta. Citlalli reía, reía y ahí, acostada en su cuartito bajo el manto de estrellas, sabía que soñaba a las guerritas de lodo. Cuando se dio cuenta de que era un sueño y de que ella podía controlar lo que sucedía, decidió aparecer frente a ella y al alcance de sus bolas de lodo a dos o tres niños que, estando todos despiertos, solían molestarla y burlarse de su vestido azul, demasiado corto o de sus ojos, demasiado grandes o de sus pies descalzos, demasiado llenos de barro por el barro del camino que debía recorrer para llegar a la escuela. Y entonces sí… ¡se dio vuelo! Aceleró voluntariamente la velocidad con la que podía recoger los montones de lodo negro del piso y en un momento los bañó con él de pies a cabeza. Citlalli reía, reía… los niños también reían a pesar de las amenazas que le gritaban en medio del juego. Y en el cuartito bajo el manto de estrellas, Citlalli sonreía dormida y sus ojos se movían de aquí para allá, bajo el manto de sus pestañas. ¡Qué bonito se sentía controlar lo que pasaba en su sueño! En eso se sintió pesada de tanto lodo de los niños que había dado en el blanco sobre su persona, así que decidió limpiarse como con magia, sin tener que entrar de nuevo al río, y ligera ya corrió más aprisa y tomó más lodo y estaba dejándolos cubiertos de él cuando vio moverse algo entre los árboles del lado del camino. Paró en seco. Reconoció al nahual que a veces la visitaba en sus pesadillas y miró con espanto cómo se le iba acercando, mitad hombre mitad animal, con las fauces abiertas y la espuma entre los colmillos, los ojos rojos y sus pasos de lobo acortándole rápidamente la distancia hacia ella. Citlalli entonces recordó que, al menos de ese sueño, ella era la dueña. Y decidió sacarlo de él. Hizo una seña con todo su brazo y ¡paf!, el nahual salió del sueño. Citlalli volvió a jugar, ¡qué rato tan divertido estaba teniendo! Mientras en su cuartito, alrededor de su petate, gruesas huellas de lodo iban haciendo un cerco, chapaleando aquí y allá. El nahual estaba ahí, fuera del sueño de Citlalli, mitad hombre mitad animal, con las fauces abiertas y la espuma entre los colmillos, los ojos rojos y sus pasos de lobo acortándole rápidamente la distancia hacia ella, bajo el manto de sus impotentes hermanas estrellas…

 

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